Arqueología | El Tomillar


 

 

HACE 4500 AÑOS AQUÍ MISMO
J. Francisco Fabián

 

 

Trabajadoras del Ayuntamiento exacavando en

el"Tomillar".Agosto de 1999.

 

Francisco Fabián y sus colaboradores, excavando en

el "Tomillar". Febrero de 1999.

Hace unos 4500 años el pequeño grupo humano que vivía en la loma de El Tomillar no podía ni imaginar que tanto tiempo después fueran a ser los protagonistas de este pequeño escrito sobre ellos y, antes que ahora, de un libro contando cómo enterraban a sus muertos. Y ni mucho menos podían pensar que este arqueólogo que lo escribe pasara tantas horas desenterrando cuidadosamente sus desechos, muchas veces muerto de frío, como mi buen amigo Fidel Rodríguez sabe muy bien. Porque en realidad lo que aquellas gentes dejaron, lo que estudiamos, eran los desechos de sus comidas, de sus cacharros de barro rotos a lo largo del tiempo, las herramientas que dejaban por inservibles o los muertos que enterraban. Tampoco podían suponer que pasáramos tantas horas intentando, después, reconstruir sus hábitos de vida, dibujando y catalogando cada uno de sus artefactos para saber cual era su nivel tecnológico o cuales eran sus rituales cada vez que se les moría alguien. Impensable hubiera sido para ellos suponer que en Miami, nada menos, a través de complicados análisis averiguaran el tiempo que hace que vivieron en El Tomillar y sólo a base de analizar un puñado de los restos orgánicos que desechaban. Tampoco podían ni soñar que en la Universidad de Madrid y en la de San Sebastián les fueran a mirar hueso por hueso a los que se hicieron enterrar allí para saber su edad al morir, el sexo de cada uno, las enfermedades o las bases de su alimentación analizando la composición de, por ejemplo, un molar de cada uno de los cadáveres encontrados. O que en Barcelona por medio de unas muestras de tierra nos hicieran saber el paisaje que veían cada día, los árboles que había en el entorno y el clima que tenían. E incluso que en la Universidad de Granada fueran a estudiar concienzudamente los huesos de los animales que comían y dejaban luego abandonados con despreocupación.... Ellos, que se sentirían gente absolutamente anónima, son tanto tiempo después protagonistas. Si de alguna manera pudieran ver ahora cuanto nos interesa lo que hicieron, se emocionarían. Sobre todo porque a la gente de vida sencilla les emociona sentirse importantes alguna vez.

Y es que aquel puñado de labradores y ganaderos que entendieron, por primera vez, la bondad de las tierras del futuro Bercial, eran gentes muy sencillas y de vida expuesta a muchas dificultades. Para empezar los que sobrepasaban los 25 años sabían que tenían pocas posibilidades de vivir mucho tiempo más. No hemos encontrado las tumbas de todos los que vivieron allí, pero si estadísticamente son fiables, que lo son, los 15 casos conocidos por los enterramientos estudiados hasta el momento en El Tomillar, la esperanza de vida al nacer estaba para ellos en torno a 25 años. Pobre gente.Muchos de los que estáis leyendo esto ahora, en aquel tiempo hubierais muerto hace mucho. Esto parece impensable hoy, aunque todavía en algunos países de nuestro adelantado mundo esa misma es la esperanza de vida de un niño al nacer. Pero entonces era más lógico, hoy simplemente es más injusto, más vergonzoso. De los 14 individuos, más 4 bebés, que hemos encontrado allí, sólo 3 alcanzaron los 40 años, 4 llegaron a los 30 y los otros siete no pasaron de los 15. Eso sin contar con los que morían al nacer, que debían ser muchos. Una muestra de ello fue lo que hallamos en uno de los enterramientos: tres adultos (dos mujeres y un hombre) y con ellos los restos de cinco bebés muertos al poco tiempo de nacer, prueba de algo que ya sabíamos: lo difícil que era superar los primeros años de vida. Este singular hallazgo dará mucho que hablar cuando lo hayamos estudiado y publicado como merece un hallazgo tan excepcional. Seguramente aquellas dos mujeres eran sus madres y murieron con ellos, una era muy joven y muy frágil de constitución, la otra tenía entre 40 y 45 años y había trabajado mucho cargando a la espalda y con los brazos, como queda patente en las huellas dejadas en los huesos por una importante artrosis, tan joven, que han estudiado los antropólogos. La pobre, además, había perdido muy temprano toda la dentadura. Sabemos que las dos estaban emparentadas porque tenían una particularidad hereditaria llamada microdontia. Pronto le haremos un análisis comparativo de ADN para saber si eran las madres de aquellos niños y ahondar un poco más en las circunstancias del enterramiento.

Aquellos primeros bercialenses no eran muy altos. Los hombres tenían una talla media de 1'60 m. y las mujeres de 1'51 m., eran pues muy bajitos pero iguales a los que habitaban en toda la provincia de Ávila por entonces. Sabemos también cuales eran las bases de su alimentación, por ejemplo, comían más vegetales que carne, un dato muy interesante para evaluar la forma de explotación del medio y el nivel tecnológico de aquellas gentes. Pero no eran sólo agricultores. El estudio de los huesos de los animales indica que también consumían carnes animales, domésticas y salvajes. Domésticas sobre todo ovejas y, en menor medida, cabras, vacas y cerdos. La caza era un complemento también. Por aquel tiempo había en los campos de las inmediaciones ciervos, un tipo de toro salvaje llamado uro, conejos y puede que caballos salvajes. Estos últimos no está claro si eran salvajes o domésticos porque es en esta época cuando comienza la domesticación del caballo en occidente. El caso es que, fuera doméstico o salvaje, los habitantes de El Tomillar comían caballos también.

Los estudios de polen de las plantas, que, aunque parezca mentira, se conserva fósil durante millones de años y de los carbones de las hogueras, nos hablan de un paisaje abierto en toda la zona, no tan abierto como el de ahora, pero camino de ello, con campos de cereal próximos a El Tomillar y bosques residuales de encina, pino y roble, principales maderas que usaban para el fuego, ya que la que crecía en las riberas del río Zapardiel -sauces sobre todo- no servía demasiado. La humedad de la vega inmediata al Zapardiel hacía crecer avellanos allí, seguramente porque se inundaba en alguna época del año y la humedad permanecía en forma de prados con buen pasto durante buena parte del año, pasto que aprovechaban las vacas y los rebaños de ovejas y cabras -quizá también los caballos- de El Tomillar para mantener una cabaña ganadera capaz de ser el suplemento de la vida de aquellas gentes, que vivían en pequeñas cabañas de madera y cavaban en torno a ellas pozos en el suelo que, forrados de fragmentos de cerámica para evitar filtraciones y humedades, les servían para guardar la producción anual de cereal. Sabemos también de sus relaciones con los habitantes del Valle Amblés, no sólo porque sus herramientas y cerámicas fueran semejantes, sino porque tenían que importar mineral de cobre de alguna parte y aquel era el sitio más cercano donde lo había en bruto. Lo traían para fundirlo en el poblado, cosa que requería determinados conocimientos técnicos. Estaban, pues, a la última en tecnología.

 

El cauce del río Zapardiel después de las intensas lluvias del año 1998. Foto. FB

 

 

Vista de Bercial desde el "Tomillar". Febrero 1999. FB


Con el tiempo a aquellos primeros bercialenses les sucedieron a otros, cambiaron de lugar el poblado varias veces provocando para nosotros ahora nuevas posibilidades de investigación. Sólo en el espacio de tiempo que va desde el 500 antes de Cristo hasta el siglo I de nuestra Era parece que no hubo por aquí población estable. Puede que la causa fuera la necesidad económica y logística de constituir grandes poblados en puntos determinados, aunque fuera a costa de dejar algunas zonas despobladas, una de las cuales sería ésta. Pero si eso sucedió en ese tiempo, poco después, convertida esta zona ya en territorio romano, dio lugar a una serie de establecimientos rurales, alguno de los cuales tuvo que tener una importancia singular. Hoy alguno de esos lugares constituye una gran posibilidad para la investigación arqueológica y un potencial de explotación turística del Patrimonio muy importante, del que quién sabe si podrá vivir algún día Bercial. En un tiempo futuro en el que desaparecerán una gran parte de nuestros pueblos actuales, sobrevivirán aquellos que tengan algo que aportar, algo que ver, alguna atracción que ofrecer. Esos lugares serán polos de atracción en una tierra, la nuestra, que va encaminada a ser inevitablemente un recurso turístico. Conservar el Patrimonio será alentar una posibilidad de vida para un futuro muy cercano, el que nos espera nada más que dejen de cultivar las tierras toda esa mayoría de gente que no está muy cerca de la jubilación. Para ese tiempo Bercial puede prepararse de una forma: potenciando su Patrimonio Arqueológico y haciendo del actual casco urbano y su entorno un lugar digno y habitable, pero con sabor tradicional, porque el visitante para ver algo del momento, con lo repetido que lo hacemos ahora, todo lo mismo en Burgos que en Cádiz, para ver eso, se marcha a otra parte. O hay algo que ver y es completo o sus exigencias le llevan a otro sitio. Pocas cosas deben ser más tristes como ver morirse y desaparecer a un pueblo después de tanto tiempo y tanta historia de tantas gentes, encadenadas por generaciones sucesivas. Mantener el pueblo de Bercial en este momento crítico en el que, desgraciadamente, muchos otros dan pasos en falso, apostando por una modernidad sin futuro, transformándose los pueblos en lugares sin ninguna personalidad, ni ligazón con el pasado, que es lo no que primará en una orientación turística, debe ser una empresa conjunta del ayuntamiento y de los ciudadanos, al margen de ideologías y lo que a veces entrañan. ¿Qué puede hacer un ciudadano de Bercial en este sentido?. De entrada mentalizarse de que es parte para lo que suceda y, luego, colaborar con las planificaciones que los entendidos hagan, saber que por más que lo nuestro sea sólo nuestro, constituye una parte de lo general. Obrar a nuestro particular antojo a veces es en perjuicio de lo común, de lo que también nosotros somos partícipes.

Los que queremos a Bercial, aunque no hayamos nacido allí, no quisiéramos verlo o suponerlo desaparecer. Si los tiempos cambian las orientaciones económicas, los pueblos han de cambiar con ellas, los más preparados saldrán adelante, los menos desaparecerán. Tal vez eso mismo les sucedió hace 4500 años a los habitantes de El Tomillar, aunque por causas menos ajenas que las que hoy, un Bercial unido y mentalizado, tiene todavía la posibilidad de manejar.

El "Tomillar". Fosa nº 13



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