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Por Bruno Coca
El trabajo en el campo ha estado asociado siempre al hombre. La dureza de las tareas agrícolas, realizadas manualmente hasta no hace muchos años, invitaba a pensar invariablemente en la imagen de ese hombre de tez curtida por los aires, manos fuertes y frente rugosa, que tantas veces se ha paseado como prototipo de agricultor. Sin embargo, pocas veces se ha hablado de esas cuadrillas de mujeres que, llegado el tiempo, llenaban los campos para arrancar las malas hierbas, recoger las espigas que caían a la tierra (espigar) o para aguantar el monótono girar del trillo en las tórridas tardes de verano.
Algún día habrá que analizar la contribución de la mujer al trabajo del campo, fundamentalmente todavía en muchas comarcas de la geografía regional. El viajero que se llegue hasta tierras de Aliste o Sayago, en la provincia de Zamora, o en el Valle del Corneja, la Moraña y en las Sierras de la provincia de Ávila podrá comprobar, "in situ", cómo las mujeres son y en otros casos fueron hasta hace poco tiempo un pilar fundamental en las tareas agrícolas. Muchas otras, además de realizar las tareas domésticas, se ocupan de llevar la explotación ganadera, mientras su marido trabaja las tierras.Una labor doble que casi nunca es reconocida en su justo término.
Es cierto que las cosas han cambiado radicalmente en el campo. Que la introducción de la maquinaria poco menos que ha eliminado al trabajo manual. Que ya no se reza para que el próximo alumbramiento sea un hijo, porque eso significará más brazos para trabajar. Pero, a pesar de todos los cambios, la mujer sigue ocupando ese lugar secundario al que siempre ha estado relegada. La imagen de mujeres y hombres separados, aún en las iglesias de muchos pueblos de la región, permanece como un símbolo de la línea divisoria que siempre ha existido entre el mundo de unos y de otros. No olvidemos que la mujer campesina participa, apenas, o si lo hacen es como “pareja de”, en la vida ciudadana social, económica y política, por motivos de inseguridad y relegamiento ancestral. Además, pocas tienen las tierras a su nombre (a pesar de que últimamente muchas están reclamando la cotitularidad de la explotación familiar agraria), lo que les impide tener cargos de responsabilidad en organizaciones profesionales.
Sin embargo, el elevado grado de envejecimiento que se registra entre la población rural, aunque permanecen muchos de los hábitos tradicionales, sería injusto no reconocer una evolución, todavía lenta pero no por eso menos importante, entre las generaciones de mujeres jóvenes. Aunque todavía escasos, ya existen casos de mujeres que están al frente de su propia explotación, mientras proliferan las asociaciones que organizan actividades varias, al cabo, una forma más de romper ese círculo que representan las tareas del hogar. La mujer fue abandonando la agricultura en la misma medida que el hombre, y aún más, porque la mujer campesina siempre había tenido la posibilidad de contraer matrimonio con alguien que "no fuera campesino".
Afortunadamente la "Revolución Industrial" llegó para la mujer campesina en forma de gas butano, de agua corriente y la sustitución de los trabajos más arduos, cuidado de los animales, etc, por la disponibilidad de viajar y comunicarse. La mujer campesina se fue liberando de la "tierra" al mismo tiempo que el hombre, a fin de cuentas, ambos, formaban una unidad de producción y consumo no amparadas en su totalidad por el benefactor Estado de Bienestar y dejadas a la buena de Dios para los efectos de jubilación.
Como decíamos antes, la idea tradicional y tópica que muchos tenemos de la mujer rural está desapareciendo, lenta, pero inexorablemente hacia una mayor afirmación femenina, tanto a nivel social como laboral. De ser una mujer sometida al núcleo familiar, en concreto al marido, realizando simultáneamente los papeles de "ama de casa" y "ayuda familiar" en las tareas agrícolas, sin cobrar ningún salario, se ha pasado a reivindicar una independencia y unos derechos que, en justicia, le correspondían desde hace mucho tiempo.
Publicado en el Diario de Ávila de 9 de marzo de 2003
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