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Artículos
de opinión publicados en el Diario de Ávila
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LA REMOLACHA AZUCARERA, FUENTE DE RIQUEZA EN LA MORAÑA
El azúcar cristalizado era ya conocido en Persia en el siglo IV antes de Cristo y provenía seguramente de la India, donde se extraía de una variedad salvaje de la caña. El cultivo de la remolacha se conoce en Francia y en España ya durante el siglo XV. Pero entonces se cultivaba por sus hojas, que probablemente equivalían a las espinacas o las acelgas. A partir de entonces la raíz ganó popularidad, especialmente la variedad roja conocida como remolacha. En 1747, el científico alemán Andreas Marggraf demostró que los cristales de sabor dulce obtenidos del jugo de la remolacha eran iguales a los de la caña de azúcar. En 1801, se construyó la primera fábrica de azúcar en Cunern, Baja Silesia (Alemania) . La incipiente industria azucarera basada en la remolacha tal vez no hubiese
resistido la competencia de la caña de azúcar como materia
prima si no hubiese sido por el bloqueo inglés de las líneas
comerciales francesas desde las colonias al continente Europeo, durante
las guerras napoleónicas. El bloqueo obligó a la búsqueda
de nuevos recursos. En 1811 Napoleón mandó plantar 32.000
hectáreas de remolacha, contribuyendo de este modo al establecimiento
de las fábricas. En pocos años se construyeron más
de 40 fábricas de azúcar de remolacha, distribuidas por
el norte de Francia y por Alemania, Austria, Rusia y Dinamarca. Cuando
se levantó el bloqueo de los puertos del continente y reapareció
la caña de azúcar, muchos países dejaron de producir
azúcar de remolacha. Sin embargo el Gobierno francés apoyó
la selección de las variedades con mayor contenido en azúcar
y estimuló los avances en la extracción de ésta.
Esta política hizo que la remolacha se convirtiera en una opción
viable y que llegara a nuestros días. Tras la guerra civil de 1936 la política económica española se rigió por el principio de la autarquía, es decir, el autoabastecimiento de país. Ello supuso el desarrollo de un conjunto de instrumentos de intervención estatal dirigidos al fomento de la industria nacional, mediante rígidas medidas proteccionistas a fin de ampliar el desarrollo de la actividad fabril en el contexto de un mercado nacional protegido del exterior. Esto explica que a partir de 1942 se iniciara una etapa de fuerte crecimiento de la producción de azúcar en la región castellana con la construcción de varias azucareras: Aranda de Duero, (1942), Toro (1943), Azucarera de Carrión, en Monzón de Campos (1944), la azucarera de Pascual de Gamonal (1946). Es el despegue definitivo de la industria azucarera. En 1962 la Asociación Cooperativa Onesimo Redondo (ACOR) construye en Valladolid su primera fábrica. Se constituye con capital directo de los productores en compra de acciones que entonces estaban a 7000 Ptas. En muchos casos, la situación económica precaria de muchos agricultores les obligó a solicitar préstamos a las Cajas de Ahorros para financiarlas a 8 ó 10 años según la entidad No obstante, su época dorada se sitúa entre el final de la década de los años sesenta y el principio de los ochenta; por entonces su expansión en la Moraña alcanza su máximo apogeo al construirse en el año 1967 la segunda fábrica de ACOR en Olmedo. Este hecho favoreció la extensión del cultivo, sobre todo en la zona de Arévalo, la gran beneficiaria de la instalación de esta fábrica, construida con la última tecnología existente por entonces. UNA AGRICULTURA ANCLADA EN EL PASADO Y LAS PRÁCTICAS ANCESTRALES. Este era el prototipo de explotaciones, definidas generalmente como "sociedad agraria tradicional". La supervivencia de estas explotaciones minifundistas (que eran la inmensa mayoría en nuestra comarca) se debía a que la diferencia de productividad que la separaba de la grande era escasa, y esto, a su vez, era posible por la abundancia, y consiguiente baratura, de la mano de obra que disuadía a los campesinos (anclados en las prácticas de una agricultura ancestral y arcaica) de realizar cualquier esfuerzo serio por mecanizar la producción. Además, hay que tener en cuenta que las innovaciones derivadas de la mecanización no estaban al alcance de la pequeña explotación, no sólo por falta de capacidad financiera, sino también porque técnicamente requieren un determinado volumen de producción. De haber seguido cultivando la tierra con los mismos métodos (como
la siembra a tres hojas con grandes extensiones barbechadas) y sin introducir
las técnicas productivas en el laboreo de la tierra que se utilizaban
en toda Europa y América del Norte desde principios del siglo (como
los tractores, nuevos aperos, fertilizantes etc.) y, por supuesto, de
no ser por la remolacha, este tipo de sociedad agraria tradicional hubiese
entrado en una crisis económica irreversible. LLEGA A LA MORAÑA CON 46 AÑOS DE RETRASO Y CAMBIANDO
LA FAZ DE LA COMARCA En muchos pueblos los agricultores-peletes que poseían pocas hectáreas se veían obligados a trabajar tierras en régimen de arrendamiento o aparcería para poder sobrevivir. El aumento de la productividad de la tierra significó que se generaba mayor riqueza (desconocida hasta entonces) con la utilización de menos extensión de terreno. La consecuencia de este tangible incremento de valor añadido fue que se hizo posible que las plusvalías generadas se invirtieran en la compra de nuevas fincas y de maquinaria moderna. A partir de los años 50, la creación de riqueza aportada por la remolacha a la economía de los agricultores, fue determinante en el cambio de manos de la propiedad de la tierra, detentada desde tiempo inmemorial por la nobleza y por la iglesia y, a partir de la Desamortización, por determinada burguesía. Al mismo tiempo también se favoreció el cambio del status social de muchos agricultores que pasan de ser arrendatarios o aparceros en un 80% de su actividad a poseer la tierra en propiedad, convirtiéndose en agricultores a tiempo completo. Incluso, en pueblos como Bercial, jornaleros sin un surco de propiedad compraron pequeñas fincas de una obrada para sembrar remolacha y, sumando los ingresos de los jornales obtenidos trabajando para otros propietario, pudieron sacar a sus familias adelante. A partir de los años 60 se puso en marcha la concentración parcelaria e hizo, aún más rentable, la siembra de grandes extensiones de remolacha. La concentración contribuyó a amortiguar de forma significativa el abandono de los pueblos de los jornaleros y "peletes" que se marcharon a las ciudades atraídos por el boom industrial que demandaba mano de obra a raudales. Podemos asegurar con rotundidad que con el cultivo de la remolacha mejoró la calidad de vida en nuestra comarca para propietarios y jornaleros, pasando de una economía de subsistencia a otra de generación de riqueza para nosotros y para todo el país. LOS PRIMEROS PASOS El termino municipal de Bercial reunía todas las cualidades antes mencionadas, pues siempre estuvo su termino municipal catalogado como de primera calidad. Sobre todo por la vega que discurre por ambas márgenes del río Zapardiel. El agua en aquella época era muy abundante, casi estaba a flor de tierra o se extraía del propio río. En el año 1946-47 se sembraron, de forma experimental, las primeras raíces de remolachas en dos pequeñas extensiones de terreno "negro", muy fértil, en el paraje denominado "Las Carravilas"; se trataba de tierras labrabas en régimen de arrendamiento por don Valentín Hidalgo y don Julián Rodríguez y que eran propiedad de doña Paula López Pérez, propietaria terrateniente de la localidad. El impulsor y responsable de esta iniciativa fue el hijo de esta señora, don Juan Sainz López, que en aquellos años era químico de la fábrica azucarera Sociedad Agraria Castellana de Santa Victoria situada en la ciudad de Valladolid. LA TIERRA El primer contacto de don Juan Sainz con las tierras de Bercial fue definitivo. Con el bastón de un agricultor que le estaba enseñando sus fincas, presionó sobre la tierra hasta llegar al mango comprobando que aquella tierra era toda agregada y mantillo del monte que ha venido a parar a aquel paraje sedimentándose durante siglos. Sus palabras fueron: "Aquí hay que sembrar remolacha, y además casi sin agua, porque tiene el río que está pasando por aquí, casi todo el año y, además, a poca profundidad hay una humedad enorme". Recogió una muestra de tierra y se la llevó a Valladolid para analizarla en un laboratorio. Pudo comprobar que en aquella tierra había de todo y en las mejores proporciones: potasio, superfosfato, etc. En definitiva, estaba sobrada la tierra de todo lo que le hacía falta a la remolacha para producir. Esta era la tierra ideal para la remolacha. Las mismas condiciones se daban en toda la vega del Zapardiel. El AGUA Y LOS PRIMEROS POZOS La azucarera tenía el afán de repartir abonos químicos a todos los agricultores que sembraban remolacha. A don Juan le parecía muy bien, pero le decía al jefe de cultivos: "de qué sirve que les des abonos, si no lo pueden regar. ¡Dales agua, agua! Dales agua, que es lo que más necesitan, con agua tienes remolacha." Los primeros años no había experiencia en hacer los pozos. En el término de Bercial no existía ninguno, tan sólo los que había en los corrales de las casas del pueblo. El sistema que se empleó en la construcción de pozos era el llamado "sistema indio". Consistía en colocar un aro de cemento encima del suelo, los trabajadores empezaban a sacar tierra del pozo y el aro se iba colando hasta la profundidad a la que los jornaleros que estaban abajo aguantaban, ya que el agua que salía a toda mecha. Después se ponía una bomba para sacar el agua y poder ahondar más. Estos anillos, cuando la dimensión del pozo no pasaba de 2,5 metros de diámetro, se traían en camiones desde Valladolid. En los primeros años en que se empezó a sembrar remolacha no había necesidad de hacer pozos a gran profundidad ni perforaciones como en nuestros días. En los años 50 el agua era abundante, primero por la propia climatología, que era más predecible que ahora, cuando a veces no sabemos si estamos en el verano, en primavera o en invierno. Segundo, el agua corría generosa por el arroyo del Calvache, por las zanjas y zanjones que desembocaban en el río Zapardiel, el cual tan sólo se secaba, y en años excepcionales, en el mes de agosto. Hasta entonces las aguas del río se aprovechaban para regar las praderas de los pueblos por los que discurría su caudal: Mamblas, Bercial, Barromán, Castellanos, San Esteban de Zapardiel, etc. El agua también fluía por su peso desde multitud de fuentes repartidas por todo el término y que servían de abrevaderos para los animales de trabajo y para el ganado ovino y bovino. Se hacían pozos de 1 ó 2 metros de diámetro y 2 metros de profundidad con los que se regaban algunos canteros de patatas para el consumo familiar. Para poder hacer pozos más grandes (de 4 ó 5 metros de diámetro y 5 de profundidad), se ideó un sistema que consistía en instalar un pie de pinos ensamblados de forma circular sobre el que se iba construyendo una pared de ladrillos de un asta (medida de la pared). A medida que se iba sacando la tierra del centro se colocaban hiladas de ladrillos, cada vez más profundos. Esta operación era muy complicada pues requería poner en práctica todo el ingenio disponible para equilibrar la bajada de la cimbra. Pocos años después los pozos se empezaron a cimbrar de abajo arriba. Se construyeron los siete primeros pozos con todas las medidas de seguridad existentes en ese momento, incluido un seguro de accidentes a todo riesgo. Debido a la expansión de la remolacha por todos los pueblos, en la década de los 60 y 70 se formaron cuadrillas de jornaleros del campo, reconvertidos en poceros, que trabajaban a destajo, en la mayoría de los casos sin ningún tipo de medida de seguridad, lo cual provocó accidentes graves, incluso mortales. El año 1967 murió en Bercial el trabajador Gregorio García Hidalgo sepultado por el derrumbe de un pozo, salvando la vida el resto de sus compañeros de cuadrilla. Los primero jornaleros-poceros, ocho en total, eran de Madrigal. Al no tener grúa, la tierra se subía con cubos a base de gente y de cuerda; también se empleaba el motor Coronas de gasolina para sacar el agua; esta labor era imprescindible porque manaba tal cantidad de agua que si no se sacaba era imposible trabajar abajo. Algunos años más tarde se colocaban trillos y se iba echando la tierra de un trillo a otro hasta que llegaba a la superficie. Hasta que por fin llegó la grúa que evitó peligros y ahorró mucho trabajo a los obreros. A veces se veían obligados a profundizar más para que el pozo sirviese también de depósito. En Bercial se excavaron 250 pozos, los últimos a mediados de la década de los 70. El más profundo de todos ellos llegó a tener 17 metros de profundidad. Se dejaron de hacer porque el agua estaba cada vez más profunda y no era rentable su construcción. A partir de entonces, como la demanda seguía aumentando, se inicia el proceso de extracción del agua mediante perforaciones de 80 a 100 metros de las que se extraía el agua con bombas verticales y motores muy potentes. Hoy existen perforaciones de 300 metros aunque el nivel de la capa freática se encuentra del mismo se encuentra en algunas zonas a 150 m. de profundidad. LAS FAENAS DE CULTIVO Y RECOLECCIÓN El transporte se convertía en otra odisea. Las primeras remolachas se transportaron con camiones proporcionados por la fábrica. Esto duró poco y se pasó a transportarlas en carros. La mayoría de los agricultores la llevaban a la estación de Medina, porque era más barato el transporte a Valladolid, que cuando se llevaba a la estación de Arévalo. En la década de los 60 la fábrica cambió el sistema de recogida; estableció que cada pueblo depositara toda la remolacha producida en un único lugar, denominada "playa", que estaba cerca de donde se producía la raíz y al lado de alguna carretera. Allí la fabrica colocaba una báscula y el personal y entre ellos el famoso descontero (pesadilla de los agricultores) el pesador etc. En una playa, por ejemplo, había 400 ó 500 toneladas, y entonces la empresa cogía unos camiones y unos braceros, en el caso de Bercial, los de Madrigal, que cargaban los camiones de remolacha con garietas. Esta herramienta es una especie de horquín u horca de 6 púas de hierro con puntas redondas para no pinchar las remolachas. Este trabajo, durísimo, exigía una preparación y fortaleza física especial para poder aguantar sin desfallecer el derroche de energía impuesto por el ritmo trepidante que se precisaba este trabajo y por eso no todos los trabajadores estaban dotados para la carga de camiones. Con el paso de los años se empezó a utilizar la carga mecánica, como los tractores con pala. Las labores en torno a la producción de la remolacha (entresaque,
escarde, recolección y carga) hasta la década de los 80
fueron unos trabajos muy duros, realizado en la mayoría de los
casos por jornaleros locales y foráneos. Pues bien, estos trabajos
en la actualidad prácticamente han desaparecido. La entresaca,
que era una de las faenas más duras y sacrificadas y que se realizaba
de sol a sol por cuadrillas de jornaleros a destajo o a jornal, hoy ya
no se hace. Ésto se ha evitado sembrando un tipo de remolacha especial,
la llamada mono-germen; no se escarda, porque se echan herbicidas cada
vez más eficaces y también, y en la misma medida, más
contaminantes para el campo. En la recolección ya no se saca a
pico, tampoco se pela con el hocillo, ni se carga con la garieta. Y, para
rematar, el riego no se hace a pie, ni con regadera o incluso cambiando
las insufribles líneas de lluvias; ahora tenemos las coberturas
totales, los pivos o los cañones para las cebadas. Los nuevos métodos
de riego han reducido el trabajo y la mano de obra y, lo más importante,
ahora se aprovecha mejor el agua (riego nocturno o en horas de poca calor),
cuestión a tener en cuenta si consideramos que, el agua, es un
bien muy escaso, que debemos conservar y administrar con prudencia y eficacia Y SIGUE PRODUCIENDO RIQUEZA... Nuestra agricultura comarcal y su economía, antes del advenimiento de la remolacha, se asentaba, en gran medida, sobre los factores atmosféricos, siempre pendientes de veleidoso cielo, lo cual suponía una constante preocupación para los agricultores. En gran medida la remolacha, al ser un producto de regadío, proporciona a los agricultores que la producen un ingreso seguro independientemente de la cosecha de cereales. Es por tanto, la responsable de que hoy en nuestra comarca se mantengan los pueblos con cierta vida; en definitiva, está contribuyendo a aminorar el grave problema de despoblamiento que sufre toda Castilla. Si bien es cierto que de la remolacha de hoy en día tan sólo viven los propietarios agrarios y hace 15 años también vivían miles de jornaleros, auténticos perdedores a causa de los cambios en los sistemas de producción. La mayoría de estos jornaleros se vieron obligados a emigrar para poder vivir. El rendimiento del cultivo de la remolacha ha ido creciendo a lo largo del tiempo quedan lejos las cifras de los años 50 cuando una finca bien tratada y abonada podía producir unas 20 ó 25 toneladas por hectárea. Los niveles de rendimiento se han acelerado a lo largo de los últimos diez años, como consecuencia de la mejora de los sistemas de riego y de las técnicas de cultivo así como con la utilización de variedades de remolacha cada vez más resistentes a las enfermedades. El rendimiento medio en el año 1989 en Castilla y León era de 45,80 toneladas por hectárea; en cambio en el año 2000 esta cifra alcanzaba las 70,34 toneladas por hectárea, lo que supone un incremento del 53,5%. Sin embargo, en la comarca de la Moraña, que es donde se produce la remolacha de la provincia de Ávila, el aumento en los niveles de rendimiento es aún mayor: se ha pasado de las 44 toneladas/hectárea en 1989 a 80 en la campaña de 2000, es decir, el 55% de incremento. Este último año se sembraron en la Moraña 4.175 hectáreas.
Bruno Coca Arenas
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