Artículos de opinión publicados en el Diario de Ávila
 

 

LA REMOLACHA AZUCARERA, FUENTE DE RIQUEZA EN LA MORAÑA


UN POCO DE HISTORIA
Los grandes cultivos que han sido la base de la agricultura y, por tanto, de nuestra civilización, provienen en su mayoría de tiempos muy remotos. Tal es el caso de los cereales, la patata, el maíz, las frutas y hortalizas, el fréjol, el algodón, la caña de azúcar, etc. La remolacha, en cambio, es un cultivo extraordinariamente nuevo, tal como lo conocemos ahora... con apenas dos siglos de existencia.

El azúcar cristalizado era ya conocido en Persia en el siglo IV antes de Cristo y provenía seguramente de la India, donde se extraía de una variedad salvaje de la caña.

El cultivo de la remolacha se conoce en Francia y en España ya durante el siglo XV. Pero entonces se cultivaba por sus hojas, que probablemente equivalían a las espinacas o las acelgas. A partir de entonces la raíz ganó popularidad, especialmente la variedad roja conocida como remolacha.

En 1747, el científico alemán Andreas Marggraf demostró que los cristales de sabor dulce obtenidos del jugo de la remolacha eran iguales a los de la caña de azúcar. En 1801, se construyó la primera fábrica de azúcar en Cunern, Baja Silesia (Alemania) .

La incipiente industria azucarera basada en la remolacha tal vez no hubiese resistido la competencia de la caña de azúcar como materia prima si no hubiese sido por el bloqueo inglés de las líneas comerciales francesas desde las colonias al continente Europeo, durante las guerras napoleónicas. El bloqueo obligó a la búsqueda de nuevos recursos. En 1811 Napoleón mandó plantar 32.000 hectáreas de remolacha, contribuyendo de este modo al establecimiento de las fábricas. En pocos años se construyeron más de 40 fábricas de azúcar de remolacha, distribuidas por el norte de Francia y por Alemania, Austria, Rusia y Dinamarca. Cuando se levantó el bloqueo de los puertos del continente y reapareció la caña de azúcar, muchos países dejaron de producir azúcar de remolacha. Sin embargo el Gobierno francés apoyó la selección de las variedades con mayor contenido en azúcar y estimuló los avances en la extracción de ésta. Esta política hizo que la remolacha se convirtiera en una opción viable y que llegara a nuestros días.

POR FIN LLEGA A ESPAÑA
A finales del siglo XIX, don Juan López-Rubio Pérez, un brillante farmacéutico onubense, introdujo en España el cultivo de la remolacha azucarera y la fabricación del azúcar procedente de su raíz. La primera fábrica de azúcar se construyó en Granada y poco después se instalaron otras en Navarra y Zaragoza (1892) . Castilla se incorporaría a su cultivo y producción en 1899 con la fábrica de Santa Victoria, en Valladolid. Su construcción formó parte de un proyecto muy amplio del gobierno de España de impulsar la instalación de azucareras con el fin de sustituir el azúcar de caña procedente de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, últimas colonias españolas perdidas a finales del siglo XIX. Fue, por tanto, la pérdida de las colonias ultramarinas, la que provocó la expansión del cultivo de remolacha a fin de suplir el hueco dejado por la caña de azúcar que venía de ultramar. Las grandes fábricas, con su compleja y relativamente avanzada tecnología, así como la repercusión directa sobre la agricultura al fomentar el cultivo de la remolacha, convirtieron a esta raíz en una potente palanca de desarrollo y un símbolo de la industrialización.

Tras la guerra civil de 1936 la política económica española se rigió por el principio de la autarquía, es decir, el autoabastecimiento de país. Ello supuso el desarrollo de un conjunto de instrumentos de intervención estatal dirigidos al fomento de la industria nacional, mediante rígidas medidas proteccionistas a fin de ampliar el desarrollo de la actividad fabril en el contexto de un mercado nacional protegido del exterior. Esto explica que a partir de 1942 se iniciara una etapa de fuerte crecimiento de la producción de azúcar en la región castellana con la construcción de varias azucareras: Aranda de Duero, (1942), Toro (1943), Azucarera de Carrión, en Monzón de Campos (1944), la azucarera de Pascual de Gamonal (1946). Es el despegue definitivo de la industria azucarera. En 1962 la Asociación Cooperativa Onesimo Redondo (ACOR) construye en Valladolid su primera fábrica. Se constituye con capital directo de los productores en compra de acciones que entonces estaban a 7000 Ptas. En muchos casos, la situación económica precaria de muchos agricultores les obligó a solicitar préstamos a las Cajas de Ahorros para financiarlas a 8 ó 10 años según la entidad No obstante, su época dorada se sitúa entre el final de la década de los años sesenta y el principio de los ochenta; por entonces su expansión en la Moraña alcanza su máximo apogeo al construirse en el año 1967 la segunda fábrica de ACOR en Olmedo. Este hecho favoreció la extensión del cultivo, sobre todo en la zona de Arévalo, la gran beneficiaria de la instalación de esta fábrica, construida con la última tecnología existente por entonces.

 

UNA AGRICULTURA ANCLADA EN EL PASADO Y LAS PRÁCTICAS ANCESTRALES.
La estructura de la propiedad vigente en el campo de la Moraña hasta los alrededores de 1940-50, y que (con variantes según zonas y períodos) se remonta en general a mediados del siglo XIX, se caracteriza por un gran número de explotaciones familiares con muy poca tierra en propiedad, (a la que tenían que sumar para poder vivir tierras en régimen de aparcería o renta) junto con un número menor de agricultores ricos y medianos que explotaban sus fincas con mano de obra asalariada. La diferencia entre uno y otro tipo de explotaciones no estaba sólo en el tamaño y status de los agricultores, sino también en que, mientras que la explotación media y grande funcionaba según el criterio del beneficio, la pequeña lo hacía procurando un modelo de producción que emplease y, a la vez sostuviese, la mano de obra familiar, tan abundante en aquellos años.

Este era el prototipo de explotaciones, definidas generalmente como "sociedad agraria tradicional". La supervivencia de estas explotaciones minifundistas (que eran la inmensa mayoría en nuestra comarca) se debía a que la diferencia de productividad que la separaba de la grande era escasa, y esto, a su vez, era posible por la abundancia, y consiguiente baratura, de la mano de obra que disuadía a los campesinos (anclados en las prácticas de una agricultura ancestral y arcaica) de realizar cualquier esfuerzo serio por mecanizar la producción. Además, hay que tener en cuenta que las innovaciones derivadas de la mecanización no estaban al alcance de la pequeña explotación, no sólo por falta de capacidad financiera, sino también porque técnicamente requieren un determinado volumen de producción.

De haber seguido cultivando la tierra con los mismos métodos (como la siembra a tres hojas con grandes extensiones barbechadas) y sin introducir las técnicas productivas en el laboreo de la tierra que se utilizaban en toda Europa y América del Norte desde principios del siglo (como los tractores, nuevos aperos, fertilizantes etc.) y, por supuesto, de no ser por la remolacha, este tipo de sociedad agraria tradicional hubiese entrado en una crisis económica irreversible.

Sin embargo, esta secular falta de iniciativa de los agricultores modestos que conducía a la ruina económica no hubiese significado la desaparición inmediata de la pequeña explotación por cuanto la explotación familiar no se rige por criterios capitalistas. Ese tipo de explotaciones puede mantenerse porque, al estar orientada a la subsistencia de la familia que trabaja en ella, podía prescindir no sólo de la supuesta ganancia empresarial, sino incluso de los capítulos de "interés" y "renta del suelo", siempre que la tierra fuera propiedad del campesino.

LLEGA A LA MORAÑA CON 46 AÑOS DE RETRASO Y CAMBIANDO LA FAZ DE LA COMARCA
Con la llegada e implantación de la remolacha azucarera en los pueblos de la comarca se dio un salto cualitativo en la agricultura de la Moraña, pues en ese momento se inicia lentamente, bajo su influencia determinante, el paso y transformación de la agricultura del monocultivo cerealista (del famoso tópico de la Castilla como granero de España) al del regadío de un producto industrial. La siembra de este nuevo producto sirvió de revulsivo entre los agricultores; éstos empezaron a dejar atrás viejas y caducas formas de trabajar la tierra y en las décadas de los 60 y 70 comenzaron a transformar en regadío las tierras de secano y a emplear los medios mecánico-motorizados y los nuevos métodos de laboreo que ya se utilizaban en Andalucía, Aragón y Navarra.

En muchos pueblos los agricultores-peletes que poseían pocas hectáreas se veían obligados a trabajar tierras en régimen de arrendamiento o aparcería para poder sobrevivir. El aumento de la productividad de la tierra significó que se generaba mayor riqueza (desconocida hasta entonces) con la utilización de menos extensión de terreno. La consecuencia de este tangible incremento de valor añadido fue que se hizo posible que las plusvalías generadas se invirtieran en la compra de nuevas fincas y de maquinaria moderna. A partir de los años 50, la creación de riqueza aportada por la remolacha a la economía de los agricultores, fue determinante en el cambio de manos de la propiedad de la tierra, detentada desde tiempo inmemorial por la nobleza y por la iglesia y, a partir de la Desamortización, por determinada burguesía. Al mismo tiempo también se favoreció el cambio del status social de muchos agricultores que pasan de ser arrendatarios o aparceros en un 80% de su actividad a poseer la tierra en propiedad, convirtiéndose en agricultores a tiempo completo.

Incluso, en pueblos como Bercial, jornaleros sin un surco de propiedad compraron pequeñas fincas de una obrada para sembrar remolacha y, sumando los ingresos de los jornales obtenidos trabajando para otros propietario, pudieron sacar a sus familias adelante. A partir de los años 60 se puso en marcha la concentración parcelaria e hizo, aún más rentable, la siembra de grandes extensiones de remolacha. La concentración contribuyó a amortiguar de forma significativa el abandono de los pueblos de los jornaleros y "peletes" que se marcharon a las ciudades atraídos por el boom industrial que demandaba mano de obra a raudales. Podemos asegurar con rotundidad que con el cultivo de la remolacha mejoró la calidad de vida en nuestra comarca para propietarios y jornaleros, pasando de una economía de subsistencia a otra de generación de riqueza para nosotros y para todo el país.

LOS PRIMEROS PASOS
Las primeras experiencias de plantación de remolacha se llevaron a cabo de forma general en términos municipales de probada calidad y, dentro de éstos, en sus mejores fincas. Otro requisito era la existencia de agua a poca profundidad, 3 ó 4 metros, que fuera fácil de bombear con motores pequeños o con las norias tradicionales utilizadas desde tiempo inmemorial en el riego de la hortaliza. Lamentablemente no todos los 70 pueblos de la Comarca reunían estas cualidades. Por estas circunstancias en los primeros tiempos, la siembra se centró en la zona de Madrigal y la vega del Zapardiel. Después de unos años, y a medida que se iban introduciendo tractores que profundizaban más en la tierra y nuevos tipos de fertilizantes, se empezó a sembrar en la zona de Pinares: Nava de Arévalo, Cabezas de Alambre etc.

El termino municipal de Bercial reunía todas las cualidades antes mencionadas, pues siempre estuvo su termino municipal catalogado como de primera calidad. Sobre todo por la vega que discurre por ambas márgenes del río Zapardiel. El agua en aquella época era muy abundante, casi estaba a flor de tierra o se extraía del propio río. En el año 1946-47 se sembraron, de forma experimental, las primeras raíces de remolachas en dos pequeñas extensiones de terreno "negro", muy fértil, en el paraje denominado "Las Carravilas"; se trataba de tierras labrabas en régimen de arrendamiento por don Valentín Hidalgo y don Julián Rodríguez y que eran propiedad de doña Paula López Pérez, propietaria terrateniente de la localidad. El impulsor y responsable de esta iniciativa fue el hijo de esta señora, don Juan Sainz López, que en aquellos años era químico de la fábrica azucarera Sociedad Agraria Castellana de Santa Victoria situada en la ciudad de Valladolid.

LA TIERRA
Este señor era conocedor, por su profesión y por el puesto que ocupaba en la azucarera Santa Victoria, de las posibilidades de generación de riqueza de la remolacha. Si a esto añadimos que era hijo de la mayor propietaria del pueblo (su madre poseía en Bercial 276 hectáreas de tierras de buena calidad, muchas de ellas situadas en la vega del Zapardiel) se comprende por qué se planteó de inmediato la siembra de remolacha en nuestro término municipal.

El primer contacto de don Juan Sainz con las tierras de Bercial fue definitivo. Con el bastón de un agricultor que le estaba enseñando sus fincas, presionó sobre la tierra hasta llegar al mango comprobando que aquella tierra era toda agregada y mantillo del monte que ha venido a parar a aquel paraje sedimentándose durante siglos. Sus palabras fueron: "Aquí hay que sembrar remolacha, y además casi sin agua, porque tiene el río que está pasando por aquí, casi todo el año y, además, a poca profundidad hay una humedad enorme". Recogió una muestra de tierra y se la llevó a Valladolid para analizarla en un laboratorio. Pudo comprobar que en aquella tierra había de todo y en las mejores proporciones: potasio, superfosfato, etc. En definitiva, estaba sobrada la tierra de todo lo que le hacía falta a la remolacha para producir. Esta era la tierra ideal para la remolacha. Las mismas condiciones se daban en toda la vega del Zapardiel.

El AGUA Y LOS PRIMEROS POZOS

La azucarera tenía el afán de repartir abonos químicos a todos los agricultores que sembraban remolacha. A don Juan le parecía muy bien, pero le decía al jefe de cultivos: "de qué sirve que les des abonos, si no lo pueden regar. ¡Dales agua, agua! Dales agua, que es lo que más necesitan, con agua tienes remolacha."

Los primeros años no había experiencia en hacer los pozos. En el término de Bercial no existía ninguno, tan sólo los que había en los corrales de las casas del pueblo. El sistema que se empleó en la construcción de pozos era el llamado "sistema indio". Consistía en colocar un aro de cemento encima del suelo, los trabajadores empezaban a sacar tierra del pozo y el aro se iba colando hasta la profundidad a la que los jornaleros que estaban abajo aguantaban, ya que el agua que salía a toda mecha. Después se ponía una bomba para sacar el agua y poder ahondar más. Estos anillos, cuando la dimensión del pozo no pasaba de 2,5 metros de diámetro, se traían en camiones desde Valladolid.

En los primeros años en que se empezó a sembrar remolacha no había necesidad de hacer pozos a gran profundidad ni perforaciones como en nuestros días. En los años 50 el agua era abundante, primero por la propia climatología, que era más predecible que ahora, cuando a veces no sabemos si estamos en el verano, en primavera o en invierno. Segundo, el agua corría generosa por el arroyo del Calvache, por las zanjas y zanjones que desembocaban en el río Zapardiel, el cual tan sólo se secaba, y en años excepcionales, en el mes de agosto. Hasta entonces las aguas del río se aprovechaban para regar las praderas de los pueblos por los que discurría su caudal: Mamblas, Bercial, Barromán, Castellanos, San Esteban de Zapardiel, etc. El agua también fluía por su peso desde multitud de fuentes repartidas por todo el término y que servían de abrevaderos para los animales de trabajo y para el ganado ovino y bovino. Se hacían pozos de 1 ó 2 metros de diámetro y 2 metros de profundidad con los que se regaban algunos canteros de patatas para el consumo familiar.

Para poder hacer pozos más grandes (de 4 ó 5 metros de diámetro y 5 de profundidad), se ideó un sistema que consistía en instalar un pie de pinos ensamblados de forma circular sobre el que se iba construyendo una pared de ladrillos de un asta (medida de la pared). A medida que se iba sacando la tierra del centro se colocaban hiladas de ladrillos, cada vez más profundos. Esta operación era muy complicada pues requería poner en práctica todo el ingenio disponible para equilibrar la bajada de la cimbra. Pocos años después los pozos se empezaron a cimbrar de abajo arriba. Se construyeron los siete primeros pozos con todas las medidas de seguridad existentes en ese momento, incluido un seguro de accidentes a todo riesgo.

Debido a la expansión de la remolacha por todos los pueblos, en la década de los 60 y 70 se formaron cuadrillas de jornaleros del campo, reconvertidos en poceros, que trabajaban a destajo, en la mayoría de los casos sin ningún tipo de medida de seguridad, lo cual provocó accidentes graves, incluso mortales. El año 1967 murió en Bercial el trabajador Gregorio García Hidalgo sepultado por el derrumbe de un pozo, salvando la vida el resto de sus compañeros de cuadrilla.

Los primero jornaleros-poceros, ocho en total, eran de Madrigal. Al no tener grúa, la tierra se subía con cubos a base de gente y de cuerda; también se empleaba el motor Coronas de gasolina para sacar el agua; esta labor era imprescindible porque manaba tal cantidad de agua que si no se sacaba era imposible trabajar abajo. Algunos años más tarde se colocaban trillos y se iba echando la tierra de un trillo a otro hasta que llegaba a la superficie. Hasta que por fin llegó la grúa que evitó peligros y ahorró mucho trabajo a los obreros. A veces se veían obligados a profundizar más para que el pozo sirviese también de depósito.

En Bercial se excavaron 250 pozos, los últimos a mediados de la década de los 70. El más profundo de todos ellos llegó a tener 17 metros de profundidad. Se dejaron de hacer porque el agua estaba cada vez más profunda y no era rentable su construcción. A partir de entonces, como la demanda seguía aumentando, se inicia el proceso de extracción del agua mediante perforaciones de 80 a 100 metros de las que se extraía el agua con bombas verticales y motores muy potentes. Hoy existen perforaciones de 300 metros aunque el nivel de la capa freática se encuentra del mismo se encuentra en algunas zonas a 150 m. de profundidad.

LAS FAENAS DE CULTIVO Y RECOLECCIÓN
Los primeros tiempos no fueron fáciles pues todo era nuevo, desconocido. Literalmente, no se sabía por dónde había que agarrar las remolachas, si por las hojas o por la raíz. Es cierto que hace 50 años se sembraba muy poca cantidad, una obrada y media por productor, pero los medios también eran muy escasos y lo que sí era igual que ahora era la climatología. No existían los guantes de goma ni las botas para protegerse en los inviernos duros de fuertes heladas y a veces había que llevar la remolacha a casa y pelarla en los colgadizos como forma de evitar los rigores invernales. Los otoños que venían lluviosos daban lugar una y mil peripecias para sacar la remolacha de las tierras. Cuando el tiempo se ponía así de bravo, en la saca de la remolacha se utilizaban métodos para su recolección que hoy nos pueden parecer pintorescos, por ejemplo se llegó a sacar con trillos, en cestos o con los burros y las aguaderas.

El transporte se convertía en otra odisea. Las primeras remolachas se transportaron con camiones proporcionados por la fábrica. Esto duró poco y se pasó a transportarlas en carros. La mayoría de los agricultores la llevaban a la estación de Medina, porque era más barato el transporte a Valladolid, que cuando se llevaba a la estación de Arévalo. En la década de los 60 la fábrica cambió el sistema de recogida; estableció que cada pueblo depositara toda la remolacha producida en un único lugar, denominada "playa", que estaba cerca de donde se producía la raíz y al lado de alguna carretera. Allí la fabrica colocaba una báscula y el personal y entre ellos el famoso descontero (pesadilla de los agricultores) el pesador etc. En una playa, por ejemplo, había 400 ó 500 toneladas, y entonces la empresa cogía unos camiones y unos braceros, en el caso de Bercial, los de Madrigal, que cargaban los camiones de remolacha con garietas. Esta herramienta es una especie de horquín u horca de 6 púas de hierro con puntas redondas para no pinchar las remolachas. Este trabajo, durísimo, exigía una preparación y fortaleza física especial para poder aguantar sin desfallecer el derroche de energía impuesto por el ritmo trepidante que se precisaba este trabajo y por eso no todos los trabajadores estaban dotados para la carga de camiones. Con el paso de los años se empezó a utilizar la carga mecánica, como los tractores con pala.

Las labores en torno a la producción de la remolacha (entresaque, escarde, recolección y carga) hasta la década de los 80 fueron unos trabajos muy duros, realizado en la mayoría de los casos por jornaleros locales y foráneos. Pues bien, estos trabajos en la actualidad prácticamente han desaparecido. La entresaca, que era una de las faenas más duras y sacrificadas y que se realizaba de sol a sol por cuadrillas de jornaleros a destajo o a jornal, hoy ya no se hace. Ésto se ha evitado sembrando un tipo de remolacha especial, la llamada mono-germen; no se escarda, porque se echan herbicidas cada vez más eficaces y también, y en la misma medida, más contaminantes para el campo. En la recolección ya no se saca a pico, tampoco se pela con el hocillo, ni se carga con la garieta. Y, para rematar, el riego no se hace a pie, ni con regadera o incluso cambiando las insufribles líneas de lluvias; ahora tenemos las coberturas totales, los pivos o los cañones para las cebadas. Los nuevos métodos de riego han reducido el trabajo y la mano de obra y, lo más importante, ahora se aprovecha mejor el agua (riego nocturno o en horas de poca calor), cuestión a tener en cuenta si consideramos que, el agua, es un bien muy escaso, que debemos conservar y administrar con prudencia y eficacia
Si bien es cierto que todos estos avances han liberado al agricultor y al jornalero del trabajo duro y sacrificado del cultivo de la remolacha, no es menos cierto que estas nuevas técnicas han contribuido a realizar todas las tareas con mucha menos mano de obra. Esto ha significado que en estos últimos quince años hayan abandonado los pueblos cientos de jornaleros que dependían de las distintas campañas del cultivo de la remolacha -el entresaque, escarde y recolección- que daban miles de jornales con los que se sustentaban estas familias y hacían posible su permanencia en nuestros pueblos.

Y SIGUE PRODUCIENDO RIQUEZA...
A pesar de tener una agricultura amenazada y afectada por todos los males de los que con razón hablan y denuncian los Sindicatos y Asociaciones profesionales de agricultores, la remolacha sigue siendo hoy en nuestros días rentable y generadora de riqueza. En al año 2002 el Gobierno reconoce que la renta agraria ha bajado, sin contar la inflación, un 5,87%, según datos provisionales. Caen todos los sectores de producción agraria sin embargo la remolacha aguanta el envite.

Nuestra agricultura comarcal y su economía, antes del advenimiento de la remolacha, se asentaba, en gran medida, sobre los factores atmosféricos, siempre pendientes de veleidoso cielo, lo cual suponía una constante preocupación para los agricultores. En gran medida la remolacha, al ser un producto de regadío, proporciona a los agricultores que la producen un ingreso seguro independientemente de la cosecha de cereales. Es por tanto, la responsable de que hoy en nuestra comarca se mantengan los pueblos con cierta vida; en definitiva, está contribuyendo a aminorar el grave problema de despoblamiento que sufre toda Castilla. Si bien es cierto que de la remolacha de hoy en día tan sólo viven los propietarios agrarios y hace 15 años también vivían miles de jornaleros, auténticos perdedores a causa de los cambios en los sistemas de producción. La mayoría de estos jornaleros se vieron obligados a emigrar para poder vivir.

El rendimiento del cultivo de la remolacha ha ido creciendo a lo largo del tiempo quedan lejos las cifras de los años 50 cuando una finca bien tratada y abonada podía producir unas 20 ó 25 toneladas por hectárea. Los niveles de rendimiento se han acelerado a lo largo de los últimos diez años, como consecuencia de la mejora de los sistemas de riego y de las técnicas de cultivo así como con la utilización de variedades de remolacha cada vez más resistentes a las enfermedades.

El rendimiento medio en el año 1989 en Castilla y León era de 45,80 toneladas por hectárea; en cambio en el año 2000 esta cifra alcanzaba las 70,34 toneladas por hectárea, lo que supone un incremento del 53,5%. Sin embargo, en la comarca de la Moraña, que es donde se produce la remolacha de la provincia de Ávila, el aumento en los niveles de rendimiento es aún mayor: se ha pasado de las 44 toneladas/hectárea en 1989 a 80 en la campaña de 2000, es decir, el 55% de incremento. Este último año se sembraron en la Moraña 4.175 hectáreas.


UN FUTURO PREOCUPANTE
Todos los sectores sociales y los poderes políticos están de acuerdo en que el mayor problema y más grave planteado en Castilla y León es el despoblamiento rural. En medio de esta situación desoladora, que podríamos definir de tragedia regional, surgen insistentemente rumores sobre la próxima clausura de azucareras que inevitablemente va a suponer la agravamiento de este problema. No es el motivo de este trabajo entrar a debatir aquí la conveniencia de esta política de reestructuración del sector azucarero. Pero sí, creemos, que todas las circunstancias especiales que concurren en este sector hacen necesaria, como mínimo, alguna reflexión. Es evidente que, viviendo en el medio rural el autor, vea innecesaria la reestructuración, aunque se diga que va a ser parcial sólo. Pues de llevarse a cabo ésta va a suponer la destrucción de un aspecto socialmente positivo, el empleo en el área rural, a pesar de que todo el mundo dice que generar empleo debería de ser el objetivo principal de cualquier política de desarrollo rural. De esta reestructuración no se beneficiaran los consumidores que deberían ver esta supuesta mejora en la producción en una reducción del precio del producto y por supuesto, tampoco, los sufridos agricultores que no tendrán ningún beneficio adicional, pues se les pagará lo mismo que antes y, lo más importante por su repercusión social, los pueblos donde se cierren las fabricas verán como pierden cientos de empleos. ¿Quiénes ganan? los beneficiarios de esta situación son unos pocos y selectos accionistas propietarios de la industria que verán incrementadas sus ganancias.

Bruno Coca Arenas
Alcalde de Bercial de Zapardiel


Bercial de Zapardiel, a 10 de enero de 2003