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Que no nos falte nunca la alegría de los niños. Fiesta de San Blas. 1993 |
odavía somos muchos los que nos rebelamos
contra el destino fatal que quieren marcarnos. No queremos ver más
pueblos en ruinas, ni queremos ser nosotros los testigos del final
de nuestra cultura rural y nuestro entorno, por eso debemos de buscar
alternativas (como por ejemplo el aprovechamiento del agua de los
embalses para extender las cultivos de regadío) que generen
trabajo para los que en el futuro tomen el relevo de los aquí
presentes.
No nos resignamos, vamos a seguir luchando para garantizar la existencia
de nuestros pueblos, protegiendo nuestra riqueza natural y nuestro
patrimonio cultural. No podemos caer en el fatalismo ni ser derrotistas,
debemos mirar al futuro con ilusión y entusiasmo, de esta
forma veremos que a nuestros pueblos les quedan años de vida.
Por eso este encuentro no es sólo una mirada nostálgica
a un pasado que se aleja velozmente. Queremos rememorar un fenómeno
social lleno de sugerentes perfiles económicos, geográficos,
antropológicos y culturales; pero queremos también
transmitir ilusión. Queremos que el recuerdo del pasado sirva
como herramienta para el futuro.
Pretendemos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos conozcan
qué pasó en otros tiempos -menos afortunados que los
actuales- pero no menos felices por supuesto, algunos de cuyos protagonistas
nos han dejado para siempre, pero por suerte todavía tenemos
muchos de ellos hoy aquí presentes para dar testimonio.
Por eso teníamos que aprovechar esta ocasión, única,
para que nos cuenten cómo se vivía en aquellos años
difíciles, llenos de sacrificios, carencias y necesidades
de las que tanto hemos oído hablar en las tertulias de nuestros
mayores. Aquellos tiempos sin comodidades, más austeros,
de trabajos casi esclavizantes, sin apenas ocio, pero sin prisas,
en el que por encima de todo sobresalía el valor humano y
el empeño por la obra bien hecha.
Hoy y aquí debemos hacer brillar con luz humilde, las historias
que se siguen recordando en cada pueblo a través de los relatos
que los abuelos cuentan a los nietos e hijos sobre la época
de la siega y sus protagonistas. Con este día histórico
que estamos viviendo vuelven a recordarse con añoranza las
relaciones cotidianas que se dieron en aquellos años, en
los meses de junio y julio entre los vecinos de nuestros pueblos
y los segadores gallegos. No sólo se habla de la dureza del
trabajo, sino también de alegrías y de la "morriña"
por la lejanía de la tierra; de la multitud de hermosas anécdotas,
cargadas de humanidad y sentimiento.

La vida sigue. Niños de Bercial. 2002
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Como la que recuerda, a las hijas del "amo", que cuidaron
con dedicación al segador enfermo o aquella simpática
del rapaz que vuelve del pueblo, al que ha ido a por la comida,
y le dice al mayoral que se ha espantado la burra y le ha tirado
en el camino las aguaderas, y lo único que había podido
recoger, era el caldo de los garbanzos. También se comentan
las diferencias de trato entre las casas de aquellos "amos"
y campesinos donde se les daba bien de comer y se les trataba como
si fueran uno más de la familia, sentándose a la misma
mesa, y aquellas otras, por suerte las menos, en las que el trato
dejada mucho que desear.
Y de paso nos informan con detalle de cómo vestían
en sus tierras de origen, qué comían, dónde
habitaban... en definitiva cómo lucharon los de allí
y los de aquí por vivir en una naturaleza hostil y poco agraciada,
sin dejarse sucumbir, pero también mimando la tierra sin
herirla irremisiblemente.
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