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Con la misma velocidad que la tecnología evolucionaba, el empleo masivo de brazos humanos se convertía en recuerdo. Muleros, pinches y otros mozos de servicio vieron, lo mismo que muchos jornaleros, que el hambre amenazaba sus vidas. La emigración, esta vez a tierras bien lejanas que no siempre les acogieron como se merecían, fue una de las pocas salidas. Y a partir de esos momentos la figura del segador de hoz fue sólo memoria en estas tierras.

Colocación de la Placa con el nuevo nombre

de la calle. "Ronda de los Segadores".

La "vieja" Castilla, y esta comarca de la Moraña que conocisteis y que hoy os recibe, ha cambiado, se ha transformado. En la fisonomía de los pueblos vemos menos adobe, más casas de ladrillos, y han mejorado nuestras infraestructuras. Pero la mayor riqueza de este pueblo siguen siendo sus gentes y la mayor tristeza es que cada vez somos menos. Desde hace algunas décadas años una imparable sangría demográfica debilita Castilla y León. En esto de la emigración casi estamos a la par con nuestros amigos gallegos. Han sido tantos los que se han marchado, que han hecho veredas hasta en las piedras. Dos millones y medio de personas vivimos aquí y casi otros tantos castellano-leoneses andan dispersos por la geografía de Cataluña, Madrid, el País Vasco, Aragón, Valencia, o más allá de las fronteras de Europa o América, donde han tenido que instalarse para sobrevivir. Desde 1951 hasta 1981 emigraron un millón largo de vecinos de nuestros pueblos. Una cifra escalofriante ¿Quién tuvo la culpa de que no se articulasen aquí los medios económicos y sociales necesarios para vivir dignamente?

Los ciudadanos de esta tierra seguimos sufriendo las consecuencias de la ineptitud de aquellos políticos que -dentro del concierto económico de la primera industrialización española- asignaron a Castilla el papel de granero de España y la condenaron a vivir del monocultivo cerealista. Si a esto añadimos que nuestro suelo depende de una climatología veleidosa y poco complaciente, como la de este año sin ir más lejos, se explica nuestra actual postración.Como miembro de esa España rural del interior, crecientemente envejecida y despoblada y con una economía cada vez más marginal, quiero levantar mi voz para decir que no entendemos cómo se nos controla el precio al que vendemos el trigo o la cebada pero se permite que libremente suba el precio de la maquinaria, de los abonos, de los carburantes, etc. Tampoco entendemos cómo, habiendo tanta necesidad de agua, lleve más de una década terminado el pantano de Las Cogotas y no estén construidos los canales para regar la Moraña.

¡Si al menos se hubiera desarrollado en estas tierras una industria transformadora de lo que producimos! Pero no. Carecemos de tejido industrial, de forma que nuestros jóvenes se ven obligados a buscar trabajo y futuro en otras partes. La Administración, tanto la Central como la Autonómica, se aprovecha de la resignación de nuestras gentes y apenas nos presta atención. Esto lo pensamos todos, los de izquierdas, los de derechas y los de centro; pero sólo algunos nos atrevemos a decirlo en voz alta. Creo responder a lo que aquí todos pensamos si me dirijo a las autoridades que nos acompañan, y cuya presencia sinceramente agradecemos, para decirles que se esfuercen por traer a esta comarca inversiones relacionadas con la agroindustria e infraestructuras de manera que generen suficiente empleo para que ningún castellano tenga que emigrar para encontrar trabajo. Por nuestra parte, nos comprometemos a defender nuestro medio de vida tradicional, la agricultura y la ganadería, como principal garantía de la continuidad de nuestros pueblos.

Nosotros nos conformamos con poco: no nos mueve la obsesión por la competitividad. Es más, nos preocupa que la lucha por mantenerse en el mercado conduzca a nuestra gente a prácticas que pongan en peligro nuestro tradicional equilibrio medioambiental.

Nosotros conocemos las comodidades de las que disfrutan quienes viven en las ciudades, sin embargo, preferimos seguir en el pueblo porque nos gusta esta vida, porque nos parece insoportable vivir sin sentir en nuestra piel los ritmos de la naturaleza; porque amamos nuestra cultura tradicional, nuestras costumbres heredadas… Se nos hace un nudo en la garganta cuando pasa por nuestra cabeza la idea de que nuestros hijos no quieran seguir aquí, de que nuestros pueblos puedan desaparecer por abandono…

Con la luz de las estrellas iba la cuadrilla al tajo....

 
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