Los rapaces, prestos y ansiosos por regresar al
pueblo, echaban al burro del ato toda la carga: los cántaros
del agua, las hoces, los recipientes de las viandas. Por los caminos
de regreso a casa, se juntaban con otras cuadrillas, unas silenciosas,
otras cantarinas, las más comentando en voz baja el trabajo
que les quedaba por hacer al día siguiente y los surcos que
todavía tendrían que segar y atar sus deshechos cuerpos,
hasta la llegada del día ansiado de la malla, es decir, del
retorno a su querida Galicia.
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Torino
y Ubaldo con el par de mulas y la chicharra. 1995
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Preparada por el "ama", la cena esperaba para ser comida.
En plato hondo, con cuchara sopera, daban buena cuenta de las lentejas,
alubias o de las sobras de la olla del mediodía. Todos se
sentaban en torno a una gran mesa, segadores y mozos de servicio,
en un portal amplio, fresco y acogedor. A su término se iban
despacio y en silencio a descansar sobre sacas de paja que les aguardaban
en la soledad del pajar, del sobrado o de la panera.
Hoy y aquí queremos conjugar y unir, amigos gallegos, vuestros
apacibles campos de hierba fresca con este marco incomparable en
el que nos encontramos. Entre eras con su mies desgranada, aisaje
castellano amplio y sobrio, roto tan sólo por las líneas
que marcan el trazado parcelario de esta tierra que nos rodea. Esta
inmensidad de campos, secos y ásperos, delimitados tan sólo
por una línea en el horizonte que establece la estrecha relación
entre el hombre y la tierra, entre castellanos y gallegos.
Aquí, en estas llanuras siempre sedientas y de ardientes
suelos, se curtieron con el trabajo al aire y al sol sacrificados
hombres gallegos y también campesinos y jornaleros castellanos.
Aquí se luchó contra las inclemencias del tiempo,
en jornadas de sol a sol, siempre con la mirada serena, fiel reflejo
de una España tradicional a la que los nuevos tiempos han
obligado a cambiar.
Hoy vuestras manos, amigos gallegos, están ociosas, disfrutando
de un descanso merecido. Las mismas manos anchas, rudas y nervudas
que, prestas a la llamada del campesino castellano, trabajaron durante
siglos estos campos sin ninguna protección. Manos en las
que todavía hoy las mismas propias arterias, ya viejas y
desgastadas, todavía muestran el esfuerzo realizado.
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Presenciando
la trilla. Julio de 2001
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Para mi generación, este es un día de emoción
contenida, un día para hacer realidad el retorno a un pasado
que vivimos de niños y que siempre hemos tenido en la nebulosa
del recuerdo más entrañable. Nosotros hemos visto
desaparecer el arado romano, piedra angular de nuestra agricultura
de secano, apero arcaico con el que se estuvo labrando la tierra
desde tiempo inmemorial. Vimos al mismo tiempo cómo se introducían
las máquinas: tractor, chicharras, ensacadoras, atadoras,
aventadoras etc. También vimos desaparecer la mula que no
podía presentir, por su carácter irracional, que la
máquina con la que en un principio estaba colaborando, terminaría
por expulsarla del campo.
Con la introducción del tractor y la maquinaria complementaria,
la agricultura dio un salto cualitativo sin precedentes, pasando,
sin temor a exagerar, del neolítico a la revolución
industrial. Pero no todo fueron parabienes con la llegada de las
máquina.
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