Homenaje a los segadores gallegos
de Valdeorras (Orense)
de la Comarca de la Moraña (Ávila) 14 de julio de
2001
Desde hace varios siglos gentes de distintas serranías
españolas llegaban hasta las llanuras castellanas a "hacer
la siega". Gentes de las montañas que al sur nuestros
ojos ven en los días claros; gentes también que
venían de lejanos pagos: gallegos, leoneses, cántabros...
Dejaban tierras y familias para ganar unos cuartos que permitirían
mantener a sus familias a lo largo del año. Como las primeras
golondrinas llegaban los mayorales; días después,
su llegada a los pueblos de Castilla significaba un acontecimiento
social y el auténtico inicio del verano. Con frecuencia
las relaciones laborales entre segadores y pequeños campesinos
se terminaban convirtiendo en afecto y apego a esta tierra, básicamente
porque ambos grupos humanos pertenecían al mismo bloque
social: el de los campesinos y jornaleros que trabajaban con sus
manos la dura tierra.
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La
mies, no pocas veces correosa, dura de cortar...
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Hoy rememoramos la estampa perdida de aquellos segadores
gallegos y castellanos que con la luz de las estrellas iban en
cuadrillas al tajo por senderos y veredas. La jornada que les
esperaba era larga: veían la salida y la postura del sol,
duro y fuerte era el trabajo. Segaban besana tras besana, siempre
abría el corte el mayoral y tras él la segunda,
la tercera... hoz, con paso firme, sin descanso, sin darse respiro,
salvo el trago de agua caliente de un botijo. Les seguían
los rapaces, ágiles y avispados que hacían gavillas
y haces en perfecta sintonía, para no dejar rastrojo y
siempre con la mirada fija en el mayoral por si les reprendía.
La mies, no pocas veces correosa, dura de cortar,
trabajosa hacía que en su rostro se reflejara el esfuerzo.
De vez en cuando se secaban las sudorosas frentes con pañuelos
que un día fueron blancos. Sobre cualquier montón
de hacinadas gavillas, estoicamente daban cuenta del almuerzo
mientras, en ocasiones, además de una chicharra, se oía
cantar en la lejanía a un bueyero que terciaba una besana
haciendo que el eco de su voz retumbara en el tranquilo horizonte
de aquellas calurosas y despejadas mañanas.
En el suelo, como mesa amplia y resistente, comían
a medio día la olla de garbanzos, la sopa, el tocino, el
relleno... y descansaban la siesta deseada, guarecidos en una
cabaña hecha de haces, que les cubría la cabeza
dejando el resto del cuerpo descubierto, expuesto al sol despellejador
del medio día. Reanudado el trabajo, bajo el tórrido
calor que sin compasión se clavaba en sus cuerpos, el polvillo
que las hoces levantaban al cortar la paja tiznaba sus caras de
negro intenso. Llegaba así la noche.
La jornada había sido larga, pero el corte
que se había sacado se perfilaba en el horizonte con la
mies por segar al día siguiente.
En
el suelo, como mesa amplia y resistente, comian
a medio día la olla...