Porque su vida y su
obra literaria son un testimonio evidente de la fecundidad
del mestizaje cultural propio de la España postmedieval:
ella, aunque obsesionada por mantenerse en la ortodoxia
cristiana, no renunció a la curiosidad intelectual
heredada de sus antepasados judíos mientras integraba
en sus escritos alguno de los símbolos más
profundos de la mística islámica.
Porque, rompiendo una
tradición de siglos y enfrentándose a
las autoridades y a casi todo el clero, estableció
que los monasterios fundados por ella tenían
que vivir en la absoluta pobreza, sin aceptar rentas
y manteniéndose las monjas con las limosnas que
voluntariamente les dieran y "con la labor de sus
manos" ya que "quien quisiere comer, que ha
de trabajar" (Constituciones, II, 6). Esta dignificación
del trabajo manual era algo insólito en la España
del Siglo de Oro.
Porque en una sociedad
cuyos valores dominantes eran el linaje y el honor,
ella se atrevió a fundar conventos donde -en
un ámbito de igualitarismo y pobreza voluntaria-
sólo se valoraba la virtud individual.
Porque, en el desarrollo
personal de su fe cristiana, supo combinar con naturalidad
una intensísima religiosidad interior y un eficacísimo
compromiso social en la reforma de la Iglesia.
Porque, captando lo
mejor del Humanismo cristiano de la época, prescindió
en su propia vida y en su obra tanto del rigorismo como
de la relajación religiosa, a la vez que ahondaba
como nadie en el conocimiento del alma humana.
Porque, en una Castilla
donde el temor al contagio luterano era obsesivo y se
vigilaban con saña las creencias y los sentimientos
religiosos, ella fue capaz -no sin grandes sufrimientos
y riesgos- de desarrollar una espiritualidad personalísima
a través de la cual alcanzó su libertad
interior. Esto lo logró a pesar de que jamás
ocultó a sus consejeros ninguno de sus sentimientos
y experiencias contemplativas -por excepcionales que
fueran- y de que partía con dos pesadas rémoras:
ser mujer y ser descendiente de judeoconversos.
Porque en un generalizado
ambiente antifeminista (Fray Luis de León, que
era un intelectual avanzado, decía "la mujer
de su cosecha dice flaqueza y mudanza, y liviandad y
vileza y poco ser" pues "de su natural es
flaca y deleznable más que ningún otro
animal") fue capaz de llevar a buen puerto una
Reforma moderna donde a la mujer se le garantizaba el
derecho a la vida espiritual plena.
Porque en un mundo jerárquico
y de hombres -donde no eran raros los clérigos
misóginos, como aquel que la calificó
como "fémina inquieta, andariega, desobediente
y contumaz"- supo moverse con habilidad y atrevimiento
aunque sin renunciar nunca a su voto de obediencia.
Porque, aunque la mentalidad
cristianovieja imperante asociaba la ascendencia judía
con la heterodoxia religiosa, tuvo la valentía
-a pesar de ser consciente de su origen judeoconverso-
de apartarse de las convencionales formas de la oración
vocal para adentrarse en la sospechosa oración
mental privada, es decir, en la búsqueda de una
relación directa y autónoma con Dios,
a través de la cual alcanzó la inefable
experiencia mística.
Porque, a pesar de que
la Inquisición la observaba buscando en su vida
o en su obra desviaciones de "alumbradismo",
siempre tuvo una actitud independiente y valiente, llegando
hasta criticar veladamente a los inquisidores y sus
métodos.